De la niñez, la memoria y el olvido
Alguna vez le pregunté a mi mamá sobre mi niñez, sobre mi pasado. Su respuesta fue: “fuiste una niña feliz”. Esa pequeña frase viene y va a mi mente como la marea del mar.
Agua, preludio de mi nacimiento y límite de esta esquina a la que siempre regreso. Memoria y nostalgia, mis propias condenas de siempre.
De aquellos años primeros mi memoria se tropieza al intentar recordar quién es esa niña. No sé dónde ni cuándo se escapó esa parte de mi historia. A veces siento que no me pertenece y me pone triste. Los pocos recuerdos que tengo de entonces son fotografías revueltas dentro de una caja de color azul. Momentos contenidos en pedazos de papel viejo de 4x6 pulgadas.
Estoy en la misma casa de siempre, pero cambiante y envejeciendo, como yo, como todo lo demás también cambia. Recuerdo la casa de las fotografías y algunos objetos de fondo, pero no me recuerdo a mí en la mayoría de ellas. Veo a una niña sonriente y traviesa, feliz de estar en casa o feliz de estar junto a los árboles. Recuerdo un cuadro y un sillón, el comedor, las paredes, el jardín de mi abuela y mi perro. Recuerdo también mi escuela primaria, el uniforme, los cumpleaños en que lloré y las salidas con mi familia cruzando la frontera. Días felices y días tristes, caras de personas que no sé dónde están, nombres y apellidos que se han borrado también de mi memoria.
Lo recuerdo en su mayoría en pausa o breve, como un abrir y cerrar de ojos; mirada borrosa, colores que se desvanecen. Veo en las fotografías mis ojos, mi sonrisa y mi piel, los objetos y las personas alrededor. Los colores, las luces y las sombras. Hago el intento de reconstruir ese pedazo de tiempo que tengo en mis manos, pero casi nunca lo logro.
Hay tanto que sucede y luego se va. Los días pasan, las emociones de ayer también son distintas. El aroma de las cosas se pierde y se olvidan las texturas de las cosas al tacto. Y solo nos queda este momento, que también inevitablemente se está yendo. Se va, se va… se ha ido.
Una página en blanco y un suspiro.
Se ha ido la niñez, la casa es distinta. Mi piel, mis ojos y mi sonrisa tampoco son los mismos. Ni mis recuerdos de antes, ni los recuerdos de hoy que tendré después.
No somos sino fantasmas de recuerdos nublados, casi olvidados por completo, danzando en el aire y en el tiempo. Somos olvido aferrándose a la memoria del presente. Somos arena que se pega a la piel y luego se la bebe el mar o se la lleva el viento.